Ha pasado un duro invierno. Ha soportado mi alejamiento silenciosamente, sin quejarse. Yo no he podido estar por ella como otros inviernos. No he podido pasearla,acariciarla. no he pasado horas con ella, como haciamos en esas puestas de sol rojo que se dan las tardes de diciembre. Y ella, muda en el puerto, esperaba triste. Aguantaba lluvias y vendavales, polvo y suciedad en cubierta y algas bajo ella. Cuando me acerqué a verla hace un mes, me dió pena. Sentí su abandono. Le pedí perdón y le quise explicar, pero élla, apartó la vista, despechada. La acaricié, pero élla me ensució la mano. Y al ponerla en marcha... no quiso. Se negó. Me reprochaba que me hubiera dedicado más a las obras de mi casa nueva que a ella. Se sentía desplazada. Yo sabía que tenía razón, así que... no pude responderle. Bajé la cabeza y me limité a meterme en su interior y revisar sus tripas. Esta mañana, con un sol esplendido, le he llevado una preciosa bateria nueva. Me ha sonreido. Hemos preparado un buen bald...